Train Dreams
Una película que encarna el amor y el cuidado por el aspecto visual
1. La fotografía como encuentro primero
Es necesario hablar de cómo se ve esta historia, al menos en mi caso, porque creo que, en el fondo, es la fotografía de Train Dreams lo que representa el estado del arte más apoteótico (pulido y pensado) de todo lo que se ofrece en este ciclo de películas nominadas a los grandes premios de este año. Esta es una película que entrega excelencia en más de un frente; sin embargo, todos los otros frentes aparte del fotográfico deben sacar turno para exponer su grandeza en su momento, pues el aspecto lumínico-visual y la técnica de exposición digital en esta obra te toman secuestrado desde el minuto uno con su belleza casi aplastante, ofreciendo un impacto visual tan poderoso que incluso distrae en ocasiones de la historia que está intentando contar. Pero eso no es, ni de lejos, una queja o un problema. Poder contemplar historias que te llenan en tantos sentidos es una bendición, o un privilegio. Y no se diga tener la oportunidad de ver en más de una ocasión una obra como esta y poder así analizar con un poco más de detenimiento qué es exactamente lo que compone el trabajo, ya sea fotográfico, actoral o de dirección en esta película, y por qué esas decisiones parecen ser unas muy bien tomadas y que encajan a la perfección con el tono y la voz de una obra preciosista que recuerda a Malick fotografiado por Lubezki. Este tipo de análisis y racionalización de la experiencia solamente es posible luego de múltiples visionados y trabajos de involucramiento con las mentes que gestaron una obra como esta, ya que una mirada inicial puede quedarse enganchada en los trucos de la luz y en sus efectos emocionales, dejando de lado la aplastante profundidad de la vida y el desarrollo de los personajes y su posible interpretación, vicio evidente en el que caí la primer ocasión en que la vi.
2. Adolpho Veloso y la luz como postura
Veloso demostró ser un fotógrafo sensible, conocedor y muy inteligente. Train Dreams es la historia de un trabajador rural de los Estados Unidos que experimentó el cambio de siglo y un vibrante crecimiento social lleno de visicitudes. La labor del protagonista se centra en los bosques madereros estadounidenses que proveyeron el material de explotación para la construcción de puentes y vías de ferrocarril propias del desarrollo durante el temprano siglo XX. Por este contexto histórico se deduce que el campo, la naturaleza y todo lo que sucede alrededor de ésta serían una pieza fundamental en la narración de esta historia. Y efectivamente lo es, pues de forma regular los personajes (como Arn Peeples y su monólogo sobre cortar árboles que llevan vivos cientos de años: “that upsets a man’s soul, wheter you recognize it or not”) recuerdan el peligro y la autoridad de la naturaleza, los árboles y el bosque, mismos elementos que constantemente reclaman vidas a lo largo de toda la historia.
Ese conocimiento llevó a Veloso a tomar la decisión de que las locaciones, con su belleza y su grandeza naturales, debían ser capturadas en su totalidad con la menor cantidad de intervención artificial en su aspecto e iluminación para traer su grandeza, y en ocasiones incluso su hostilidad, con verdad, realismo y mucha poesía; así como también que debía hacer uso de las ópticas más precisas que le permitieran una desaturación de color propia del aspecto desgastado, una emulación necesaria para poder usar tecnología moderna en un entorno de periodo sin resaltar con demasiada incoherencia; lentes antiguos de cine japoneses que ofrecen unos lens flares espectaculares cuando el sol (del que hay bastante en la imagen) pega de frente al sensor y genera esa sensación de presencia y profundidad; e incluso considerar la velocidad, fluidez y longitud de un zoom en específico para cumplir con el lenguaje narrativo, e incluso hasta cómico, de varias secuencias que involucran también a Arn cuando habla y habla para no trabajar: ir descubriendo de a poco la escena y lo que el todo está tratando de decir para que eso desarrolle los personajes de soporte y le aporten tridimensionalidad a la vida de Grainier.
El uso de la luz natural es, entonce, una declaración estilística que busca enmarcar la grandeza y belleza de todo el entorno natural, que sirve como el personaje permanente que no habla pero sí juega un papel muy importante. No es, claro, la primer película en explorar casi exclusivamente las fuentes naturales de luz para sustentar todo el trabajo fotográfico sin el uso de iluminación artificial, pero sin duda es un ejemplo de una ejecución prácticamente perfecta de esta técnica siendo una decisión no solo consciente, sino incluso moral para el rumbo visual que esta historia necesitaba: un fondo que dialoga, condiciona y acompaña la vida del personaje.
3. El formato 3:2 y la memoria de la fotografía fija
Según en palabras del propio Veloso, encargado del arte fotográfico (uno de los trabajos más sólidos del año y serio contendiente a su Oscar) en esta película, la decisión de rodar en digital sucedió al deseo inicial de tirar en film. La película tenía limitantes de tiempo en la agenda de rodaje y la practicidad de lo digital encaminó esa decisión. No obstante, sabían que debían imprimir un lenguaje específico en la forma de tirar la imagen y que el medio digital debía poder responder a ese lenguaje que se buscaba traer.
El director Clint Bentley junto al fotógrafo Adolpho Veloso tomaron entonces la decisión de elegir una cámara ARRI Alexa 35 para capturar la película en el formato 4.6K Open Gate con una relación de aspecto 3:2. Esta relación de aspecto es, curiosamente, la misma en la que se capturan y presentan por defecto la mayoría de las fotografías tomadas en cinta de 35mm y, por extensión, la forma que tienen también por defecto todas las fotografías digitales que salen en el celular. La razón de elegir esta forma de captura es la de obtener un área de captura de imagen mayor respecto de otras relaciones de aspecto más panorámicas pero también menos verticales. Así, las extensiones del bosque, los árboles altísimos, los cielos y las hojas, todo tendría su espacio en el cuadro. Rodar en 3:2 trae consigo, además, como también dice Veloso, la nostalgia que provoca mirar un conjunto de fotografías estáticas que te encontraste, tratando de reconstruir con ellas la historia de vida que están ilustrando. Tomar un bonche de fotos pasadas y mirarlas con intención debe parecerse demasiado, en esencia, a mirar esta serie de imágenes que se acomodan como una historia en movimiento y ese efecto de “estar viendo fotos viejas” también se emula con el formato. Un ejemplo donde el medio y su forma se adaptan para dejar que, en las mejores condiciones posibles, el mundo simplemente exista frente a la lente.
4. Cuando la técnica habilita el sentido
Es desde esta construcción, híbrido de la tradición fotográfica y el arte de la adaptación literaria, que la película abre un espacio para la reflexión a través de lo que nos cuenta y hace sentir. La historia de una vida simple, marcada por el amor y la plenitud, pero también deshecha por la tragedia, la pérdida y el extravío de uno mismo y su sentido. El reconocimiento de sí y del sentido tardío que se insinúa en el rostro del personaje, no se impone como tesis, sino que emerge de la forma misma: parece que la historia de Grainier habla directamente para personas que cargan dolor interno, ya no solo por la pérdida de alguien querido, sino por la pérdida de sueños, de momentos, o la pérdida de uno mismo. Habla también directamente para los que conectan profundamente con la naturaleza, con los que experimentan soledad o los que han pasado años sintiéndose invisibles. La potencia de esta historia radica ya no solo en su impacto visual, sino en su capacidad de hablar directamente a varias almas al mismo tiempo, haciendo uso de una técnica impecable para decirnos: “El sentido de la vida está en experimentar la vida misma”. Lo mejor que he visto este año (aunque apenas sea febrero).