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Sala 04 · Mirada

La incomodidad de estar sentado

Sobre el cuerpo, la atención y el cine que cada vez dura más

Hay un aspecto del cine del que casi no se habla, quizá porque resulta demasiado básico, demasiado corporal, o incluso incómodo de admitir: ver películas cansa. No solo mentalmente, sino físicamente. El acto de sentarse en una sala oscura durante dos, dos horas y media, a veces casi tres, exige una disposición corporal que no siempre está alineada con la manera en que hoy habitamos nuestro propio cuerpo.

Permanecer en una sola posición durante tanto tiempo no es natural. El cuerpo se ajusta, se mueve, se inquieta. Las piernas buscan otra postura, la espalda pide descanso, el cuello se tensa. Esto no es una queja: es una constatación. El cine, como experiencia física, requiere una quietud prolongada que va a contracorriente de nuestra biología cotidiana, incluso antes de entrar en consideraciones culturales o tecnológicas.

A esto se suma otra fricción: la atención. No todas las mentes funcionan igual ni sostienen el foco de la misma manera. Hay pensamientos divergentes, asociaciones involuntarias, distracciones mínimas que se acumulan. En un contexto donde casi todo compite por fragmentos cada vez más cortos de atención, el cine —especialmente el cine contemporáneo que apuesta por duraciones extensas— parece exigir una concentración casi militante.

Lo curioso es que estas películas largas no llegan en un momento de paciencia colectiva, sino todo lo contrario. Vivimos rodeados de formatos breves, de estímulos rápidos, de contenidos diseñados para ser consumidos en lapsos mínimos. El cine, en cambio, se estira. Se vuelve más largo, más denso, más insistente en su duración. Tres horas ya no son excepción; empiezan a sentirse como norma en ciertos circuitos.

No creo que esto sea necesariamente un problema del cine. Tampoco creo que la respuesta sea pedir películas más cortas como solución automática. Pero sí me parece relevante preguntarse qué está pasando en ese choque entre la duración de las obras y las capacidades reales —físicas y mentales— de quienes las miramos.

Hay algo paradójico en todo esto: el cine pide tiempo en una época que parece no tenerlo, y pide quietud en un momento donde el cuerpo está acostumbrado al movimiento constante, aunque sea mínimo. Quizá por eso muchas películas se sienten “pesadas” incluso cuando no lo son narrativamente. El cansancio no siempre viene de la historia; a veces viene del cuerpo.

Pensar el cine desde esta incomodidad no es restarle valor. Al contrario. Es reconocer que mirar películas es una experiencia total, que involucra mente y cuerpo, atención y postura, paciencia y resistencia. Ignorar esa dimensión física empobrece la conversación, como si el cine ocurriera solo en la cabeza y no también en la espalda, las piernas y los ojos cansados.

No tengo una conclusión clara sobre esto. Solo la sensación persistente de que el cine, al alargarse, está poniendo en evidencia algo que preferimos no nombrar: que ver películas también es un ejercicio corporal, y que ese ejercicio no siempre es cómodo, ni tiene por qué serlo.

Escrito por Miguel Bracamontes el