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opiniones y pensamientos después de los créditos

Sala 04 · Mirada

El pacto con el cine

Sobre el pacto básico de aceptación y la reciprocidad intelectual de un filme

1. Cambiar la pregunta

Siempre intento activamente encontrar en un film el hilo que conecta lo que para mí es la Coherencia de la historia. Mis encuentros con el cine contienen, invariablemente, un esfuerzo por entender de qué trata esta película, cuál es la lógica cohesiva que amalgama esta narrativa. Mi método (si a caso) implica establecer una comunicación temprana con el filme que estoy por ver para entender y acordar cuáles van a ser “los protocolos” de comunicación entre el creador y yo. Saber si necesitamos una clave convencional que me permita captar lo que el Director, como artista, está tratando de convenir con su obra. Una especie de lenguaje que, aunque temporal, me permita descifrar los sucesos y las acciones que estoy viendo para poder asignarles un significado dentro de la narrativa. No obstante que considero mi método correcto, hubo la ocasión, recientemente, de verlo contrastado con un caso límite en el que no había pensado en lo absoluto y que evidenció inmediatamente a mi método como “incompleto”: el cine de David Lynch.

Cuando hace unos años tuve la oportunidad de mirar Mulholland Drive y Lost Highway en la Cineteca (luego Blue Velvet en casa después de mucho), nunca tuve la sensibilidad necesaria para saber que, para esas cintas, en ese momento, yo iba a tener que despojarme de mis convenciones cinematográficas y entregarme a la experiencia de ver una película de Lynch. Mi método antiguo quiso primar, quizá de forma más férrea de lo que lo hace hoy en día, y entonces, como no le entendí a la película, le desestimé como artista y como obra por bastante tiempo y nunca retorné a él (sino hasta ahora) para pensarlo desde la perspectiva del “sentido” y no del “significado”, términos que tienen buena diferencia entre sí y que adquieren demasiada relevancia cuando se trata de abordar el cine de Lynch y, para esos efectos, yo diría que cualquier otra película compleja. Era necesario un cambio de paradigma para ver películas a través de encontrar la existencia de una relación con ellas y procurar que ésta sea sana.

2. El desplazamiento hacia la relación

Resulta entonces más fructífero, como llegué a concluir recientemente, entender y saber que los creadores no iban a necesariamente contener una clave para descifrar su película dentro de su historia, o que la historia misma no sería sujeto de desciframiento. El proceso de maduración como espectador, junto con una “educación” (aunque accidental: ver muchas películas y leer libros sobre cine es educarte también) más o menos rica sobre el quehacer de hacer y mirar filmes, de pensarlas, me llevó a comprender que yo debía desplazar la interpretación temprana de una cinta como desciframiento puro (ya no como renuncia intelectual, sino más bien como un cambio de eje) hacia el entender la experiencia de ver la película como una relación con la obra.

El paradigma antiguo contemplaba las películas como un código, un acertijo o un sistema cerrado y muchas veces lógico. Vista una cinta así, buscas que ellas tengan significado(s), que el espectador tenga que encontrarlo y, cuando lo encuentre, entonces el proceso de “haber visto una película” se da por terminado. Esto da como resultado, por lo que veo, una lógica muy extendida, sobre todo con cine “difícil” (la última de mis experiencias de ese tipo fue con Tenet), de terminar con un “no le entendí”, o un “¿qué quiso decir el Director?”. Bajo ese supuesto, incluso y lo que es peor, el espectador se coloca por debajo del texto (o de la cinta) como alumno haciendo un examen, y eso terminó por no hacerme sentido en lo absoluto. Ya no resonaba.

Por eso siento la necesidad de experimentar, de a poco, ese desplazamiento del que hablo, hacia el concepto de “la relación” con la obra y tratar, conscientemente, de establecer ese contacto. Para eso es necesario observar que la película ya no es algo que se descifra, que se obtiene y se “termina” o se cierra, sino un otro, un ente con el que entras en contacto (una mirada con culpa filosófica pero bastante efectiva) y estableces una relación que se extiende más allá del metraje.

Uno como espectador llega al acto de mirar la película con tu historia, tu sensibilidad y tu criterio a la mano. Por el otro lado, observas que la cinta llega con sus decisiones creativas, su forma adquirida o establecida, y su manera de tratarte. Esa confrontación engendra una relación activa con la obra que estás viendo. Para poder surfear ese espagueti de ideas sirve entenderlo como una mudanza del “qué significa” (un vicio del que adolecen todas mis cinco opiniones publicadas hasta ahora) hacia la nueva casa: una comprensión de lo que la cinta te hace y lo que te permite hacer. Si vamos a dar por válido que ver una película puede entenderse como establecer una relación con ésta, entonces es necesario mencionar también que no todas las relaciones son automáticamente sanas y, lo que me resulta más importante, no todas son equitativas y, por eso, no todas merecen sostenerse (pues la película no termina cuando aparece el crédito final, la relación continúa en la memoria, el pensamiento, la escritura…). Pero más sobre eso adelante.

3. El pacto con el espectador

Toda película propone un pacto. No siempre explícito. No siempre justo. Pero ver una película exige, sin duda, un acto inicial de aceptación que se acuerda con la obra. No hay cine sin ese pacto inicial de aceptación, por eso, desde mi perspectiva, ver cine necesariamente implica aceptar reglas temporales, afectivas y cognitivas, cuando menos, para poder propiciar una experiencia satisfactoria (una conclusión reciente, como ya dije). Pero aceptar no es lo mismo que renunciar, es importante mencionar eso, y quiero aclarar la expresión.

Pero primero, entender, ¿a qué me refiero con la aceptación de reglas y las categorías mínimas que se me ocurren? He observado que cuando uno ve películas, aceptas: Durar lo que la película dura, su ritmo (si es lento, abrupto, contemplativo), y aceptas también que por el periodo que dure el filme, tú no controlas el tiempo. Aceptas, también (a veces incluso a tu pesar), exponerte honesta y emocionalmente frente a la cinta; debes aceptar que el creador intente incomodarte, conmoverte, aburrirte incluso, pero aceptas que hay una intención afectiva. Aceptas, entonces, no controlar todo lo que sientes por al menos un rato de tu día. Pero lo más importante, según veo y extraído directamente desde mi experiencia más reciente: uno como espectador debe aceptar no entender todo de inmediato, se deben aceptar ambigüedades, silencios, zonas opacas en la narrativa donde intencionalmente entintan las ventanas y no te dejan ver. Aceptas pensar, sí, mientras ves, pero también después; este punto de vista es importante. El pacto incluye, también, que la relación que entablaste con la cinta no debe, necesariamente, verse como terminada en el momento en el que termina la cinta. Pensamientos y reflexiones posteriores son también parte del pacto y de la relación; existen temporalidades distintas del vínculo (una especie de pacto de visionado y otro de continuidad). Todo ese entendimiento es parte del pacto básico. Sin ese pacto solo hay resistencia contra el arte.

Pero el espectador no es un recipiente pasivo, y por eso considero superlativamente importante aclarar que aceptar ese pacto inicial que toda película propone no significa necesariamente renunciar. Esa debe ser una línea de demarcación prácticamente política. Aceptar las reglas de una cinta para entrar momentáneamente a su mundo no implica que el espectador renuncia a su criterio, o que apaga su juicio. Tampoco significa, y esto se manifiesta fuertemente en mi caso, suspender indefinidamente la exigencia de sentido. Aunque suene circular y aferrado. No creo, ciertamente, que uno deba justificar cualquier decisión del Director sobre su filme solo porque “así es la película”. En ese entendido, observo que el espectador debe, entonces, ser un interlocutor. O al menos aspirar a serlo, en el sentido de que su parte del diálogo exista desde el contraste intelectual y no como simple consumo pasivo. O sea, que el espectador se encargue de que haya alguien del otro lado de la pantalla. Para mí queda clarísima la preferencia personal: yo decido entrar al juego siempre y cuando el juego mantenga un mínimo de reciprocidad intelectual con sus espectadores, que proponga una relación equitativa, sana, y no solamente pida sin dar.

Eso no significa que yo sea un espectador impaciente, dependiente. No rechazo inmediatamente la dificultad y no huyo de la ambigüedad. En realidad lo que rechazo es la idea de que el espectador de una película deba callar para ser considerado legítimo. Si acepto entrar en mundos que no controlo, y acepto no entender de inmediato cualquier cosa que me quieran mostrar (o entender en lo absoluto, ya que estamos) no puedo, por ende, aceptar también desaparecer como sujeto en la experiencia. El cine puede exigirme mucho, pero no puede exigirme renunciar a pensar.

4. Reciprocidad intelectual

Una película puede ser opaca, fragmentaria, ambigua… Pero aun así ofrecer puntos de apoyo. Reconozco en mí, como espectador, que tolero la opacidad y que convivo amablemente con la fragmentación, temporal o de cualquier tipo, en la narrativa de una historia. Ahora también estoy aprendiendo, como herramienta nueva, que no debo exigir transparencia narrativa y no debo sentir una necesidad de que “todo cierre”. Sin embargo, algo que no me resulta renunciable incluso después de la revisión a mi método, algo que prácticamente constituye parte de mis principios como observador de cine, es que los puntos de apoyo son esenciales en una cinta.

Un punto de apoyo no debe confundirse, como dije, con una explicación explícita o como un símbolo decodificable dentro de la historia. Un punto de apoyo, por como lo observo y defiendo, es algo mucho más elemental que eso: es una lógica, por mínima que sea, pero que se sostiene a lo largo de la cinta. Es, en otras palabras, una relación perceptible entre decisiones que permite tener la sensación de que lo que estamos atestiguando no es arbitrario, y que existe una mínima coherencia afectiva o conceptual. Con esta visión actualizada no necesito entender qué significa algo, sino que necesito entender, casi como una amabilidad humana, que no da lo mismo. Que si cambias una escena, algo se rompe; necesito sentir que las decisiones importan y pretenden cargar con un mínimo de sentido. Si quitas una de esas decisiones, el sistema pierde equilibrio. Así entiendo un punto de apoyo.

También se perfila necesario remarcar que pensar no es resolver si a caso pretendemos conservar el pensamiento como condición in-negociable de ver una película. Pensar es sentir que alguien del otro lado, desde donde se hicieron las películas y sus decisiones, también está pensando. Por un lado, se sabe que resolver implica llegar a una “respuesta” (correcta o no), cerrar el problema y termina el proceso. Pensar, en cambio, se alinea más con permanecer en tensión, formular preguntas que no se cierran y abrir la puerta para poder volver sobre lo visto desde otro ángulo. Por eso ahora, formalmente encuentro, yo no pretendo “resolver” las películas que veo sino habitar lo que propone, sentir las evocaciones en mi espíritu y absorber lo que me ofrecen como un todo. Y siento que para eso es necesario encontrar, como dije, a la persona que está tomando las decisiones del otro lado, imprimiendo su voz y su visión. Un Director, o una conciencia, que dejó huellas, decisiones que son evidentes en su percepción de deliberadas y tratar de encontrar un gesto que te diga “esto está puesto aquí por una razón, aunque no te la diga”. Y, cuando eso ocurre, uno como espectador puede fácilmente no entender, estar incómodo con lo que te cuentan, caray, puede uno obviamente disentir con lo mirado, pero no estás solo en la experiencia.

Por eso cuando la reciprocidad intelectual desaparece, todo comienza a parecer caprichoso, la opacidad deliberada deja de ser fértil para la narrativa, la ambigüedad comienza a volverse cerrada y abrazar rasgos importantes de la historia y, entonces, el espectador comienza a sentir que su pensamiento “estorba”, y no porque la cinta sea “difícil”, sino porque no reconoce al espectador como par.

5. Cerrar sin culpa

Entra aquí la revolución de pensamiento: No acepto seguir con el pacto. No aceptar no es ignorancia, claro; no aceptar seguir con un pacto está enteramente alineado con el criterio. Durante mucho tiempo, e incluso como dije, en mis primeras cinco opiniones, cuando no conectaba con cierto cine mi tendencia automática a explicar mis sentimientos era haciendo uso de expresiones del tipo “no entendí tal”, o “creo que me falta información”. Demonios, incluso llegué a explicar mi lejanía con ciertas obras tratando de esgrimir el “no tengo sensibilidad suficiente” para esta obra. Por eso esta reivindicación actual y en curso de mi pensamiento se siente tan necesaria e importante, pues me lleva por otra carretera cognitiva que entiende: no aceptar seguir con un pacto es una decisión activa, y que ésta decisión no es carencia, sino evaluación. Si decido no aceptar seguir con el pacto que se me propuso, estoy afirmando que vi, pensé, contrasté y decidí no continuar con esta relación. Eso, cuando lo observas de cerca, no te coloca por debajo del cine que rechazas, sino que te pone en igualdad de condiciones.

También en muchos espacios cinéfilos, si algo he observado durante la exploración y familiaridad callada de todos estos años con el cine, se instala la idea, aunque tácitamente, de que si entiendes algo debes admirarlo y si no lo admiras es porque no lo entendiste. Una seguidilla clásica de pensamientos sencillos. Por eso propongo, con conciencia, que entender no es lo mismo que aprobar. He descubierto recientemente que uno puede entender perfectamente qué busca una película (aunque sea a base de revisitas muchos años después), incluso entender cómo opera técnicamente y por qué es valorada como un elemento cultural de alto valor para la humanidad por su arte… pero aún así decir: “esto no dialoga conmigo”. Y, sorpresivamente, ese atrevimiento no invalida mi comprensión: la refuerza.

Encuentro con esta experiencia que entre más claro se vuelve algo, más evidente resulta que no lo compartes, o que no resuena contigo (cuando no lo hace, claro). La claridad no siempre reconcilia cuando lo que revisitas con nuevos ojos sincera y simplemente no está hecho para ti; a veces esa claridad separa con precisión lo que sí de lo que no. Y esa separación es mucho más honesta que el rechazo confuso prolongado por muchos años. Cerrar una relación con una forma de cine puede ser un acto de madurez, no de rechazo por deporte. Cerrar no es lo mismo que cancelar, negar o incluso que de ridiculizar o expulsar del canon. Cerrar significa más bien no seguir invirtiendo energía, no forzarte a una relación que no te devuelve y a no vivir el desencuentro como deuda personal, sino como un acto de cuidado intelectual. Funciona, al parecer, como cualquier relación: no todas están hechas para durar, y no fracasan por falta de esfuerzo sino porque no son recíprocas. Y eso, al final, está bien de admitir.

Escrito por Miguel Bracamontes el